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domingo, 14 de septiembre de 2014

El Parque… de María


Cuánto hubieran disfrutado los chavales del servicio militar en el Parque Farmacéutico del Ejército –Pabellón de Telefónica– que tantas veces imaginaron el paso de una cofradía por el parque de María Luisa. Ayer, 75 años después, su sueño alcanzó su máxima expresión con el recorrido inédito que se marcó el palio de la Virgen de la Paz hasta la Plaza de América. Fue la antesala multitudinaria y festiva a una exquisita misa estacional con la que el Porvenir conmemoró los tres cuartos de siglo de su hermandad.


Antonio Vargas estaba emocionado. Su sonrisa nerviosa le delataba. La liturgia del aniversario le había llevado a cambiar su manigueta en el palio por un cirio en las útimas parejas del cortejo. Llegados a la Torre Sur de la Plaza de España, sus pasos se desviaban de lo que era un Domingo de Ramos. La comitiva giró a la izquierda para cruzar el cancel y entregarse de lleno a la frondosidad del arbolado. Era la primera vez que el palio tomaba esta senda. «De pequeño me gustaba venir a tirar altamuces a los animales del estanque», decía Antonio como testimonio del enorme vínculo que tiene el vecinadario con el parque.

Este químico, nacido en el barrio, escudriñaba con la mirada cada rincón, cada gesto y cada sonido. Iba «en la gloria» y apenas sentía el sofocante calor que hacía a eso de las cinco de la tarde, hora en la que el parque se llenaba de Paz: «Soy del parque de día y de los juegos de luces que hace el sol con la malla del palio. Y este camino… qué quiere que le diga… me encanta», decía mientras disfrutaba del estreno de la Virgen de Illanes por la bucólica avenida de Hernan Cortés.

La estampa también era seguida en la distancia por quienes iban caminando por los senderos paralelos a la vía principal para buscar una panorámica más amplia, lejos de la bulla que se había formado en la delantera del paso: «Íbamos para ver la Plaza de España, pero nos hemos quedado aquí para disfrutar de este otro gran monumento», señalaba Lourdes García, guía turística de un grupo de alemanes que literalmente estaban boquiabiertos.

No necesitaba explicación aunque sí hubiera agradecido un par de manos, la dueña del quiosco de granizadas de la esquina de la avenida de los Cisnes. «Ya apenas nos quedan botellas de agua fría», advertía a la cola de sedientos que tapaba el puesto. Otros, los menos, habían sido más previsores y disfrutaban plácidamente de esta tarde cofrade a mesa y mantel sobre el césped: «Solemos venir a echar el día. Este es un Domingo de Ramos para mi mujer. No lo pudo ver este año porque estaba recién operada», aseguraba Carlos Gutiérrez.

El cerro del llamado Monte Gurugú parecía las gradas de la Catedral en la mañana de la Virgen de los Reyes. Estaba a rebosar de gente. En su mayoría, jóvenes y aficionados a la fotografía, que aguardaban el paso de la blancura del Porvenir. La figura de Osuna, el famoso patero que tanto se llama en el paso, asomaba entre ellos: «Son tantas las imágenes… La mejor, sin duda, la de las caras de alegría de los hermanos», resumía sin perderle cara al objetivo de la cámara.

Pese a ser una sorpresa, no escapó a nadie el cambio que hizo Antonio Santiago del martillo por el costal. El capataz no se lo pensó dos veces. Aprovechó la baja de última hora de uno de sus hombres para meterse bajo las trabajaderas en el primer relevo, nada más salir, en la calle Río de la Plata. Fue en el zanco derecho hasta la Glorieta de Covadonga, metidos ya en el parque. Una vez allí, volvió a enfundarse el traje de chaqueta oscuro y ponerse al frente del paso en el tramo final que le llevaría hasta el altar de la plaza de América, bajo la fachada regionalista del Palacio Mudéjar.

Antes de meterse debajo, Antonio Santiago recordaba a quienes, como su padre, habían querido tanto a la hermandad en estos 75 años de vida: «Por mi padre y por todos los hermanos de la Paz que nos han antecedido y que hoy están en el cielo». No fue la única dedicatoria en el interior de la parroquia de San Sebastián. El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, también acarició el martillo antes de que se desatara el delirio y los nardos del paso perfumaran el barrio: «Por la paz de todos los sevillanos, de los que viven su fe y de los que no creen. De los de toda clase y convicción», arengó a los legionarios del Porvenir.

A diferencia del Domingo de Ramos, la blancura de los nazarenos iba representada en las mantillas de las hermanas. Muchas se arremolinaron a la salida y otras tantas fueron uniéndose a partir de la glorieta de los Álvarez Quintero. No formaron parte del cortejo oficial, pero sí contribuyeron a engrandecer la jornada. La comitiva que antecedía el paso estaba conformada por tramos de hermanos con cirios –un total de 375–, alternados con las representaciones de las hermandades con la advocación de la Paz –algunas llegadas de Córdoba o Ronda–, las cofradías del Domingo de Ramos y las de las collaciones vecinas, como el Cerro del Águila, Santa Genoveva o Sevilla Sur, entre otras.

El júbilo de la primera hora de la tarde se pudo constatar tanto en la salida como en los primeros metros por el barrio. De hecho, desde uno de los balcones de la casa de hermandad, Álex Ortiz recibió a la Virgen con una sentida plegaria en que decía: «Tú que me diste la fe, Virgen mía sálvame». Igualmente entrañable resultó el paso ante la residencia de ancianos Santa Gemma, en la calle Brasil. Los mayores aguardaron en el patio bajo una pancarta con la cara de la Virgen en la que se podía leer el saludo de «Dios salve a la Reina de la Paz».

Finalizada la misa estacional que presidió monseñor Juan José Asenjo ante el Pabellón Mudéjar, el palio de la Paz abandonó las inmediaciones de la Plaza de América, a la que había llegado sobre las siete de la parte acompañada de una bandada de palomas del parque. Antes de dejar el albero, una alfombra de sal con la leyenda «Regina Pacis, Ora Pro Nobis» ante el cancel de la avenida de la Borbolla. El parque se despedía a María, de su blancura y de la alegría de un Porvenir que lleva 75 años con su Virgen de la Paz.








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