Yo que he portado sobre mi cerviz pasos de misterio, siempre he tenido en la cabeza antes de cada salida el enorme privilegio de poder ser las mismas sandalias del Señor.
Privilegio que me ha llenado de humilde orgullo, por permitirme algo vetado a los demás mortales, resonando en mi mente, antes de cada salida, un pasaje de la Biblia, que me obligaba a prepararme antes de la salida procesional, cuidando cada uno de los detalles de mi forma de vestir, prepararme espiritual y físicamente.
El pasaje está en los cuatro Evangelios, por ejemplo, en Marcos 1,7 se dice “viene tras de mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado”.
Y en esos días ya lejanos, yo me sentía lleno de felicidad, por ser durante unas horas digno calzado entre el paso de mi Señor y el suelo de mi ciudad.
Para ello procuraba que la ropa de ese día fuese inmaculada en su aspecto y limpieza, y a pesar de ser ropa humilde de trabajo, formada por unas alpargatas, un pantalón, una camiseta, una faja, mi costal, con su morcilla, y una sudadera para mitigar la diferencia de temperatura del interior del paso a la calle en los periodos de descanso.
Procuraba que todo estuviese perfectamente limpio, planchado, ordenado, antes de proceder al ritual de vestirme con estas ropas.
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