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viernes, 25 de marzo de 2016

El Santo Sepulcro


Entonces José de Arimatea tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. Mt 27 59-60

Rachean zapatillas costaleras llevándote en sus hombros. Costales de penitencia del pecado, por dejarte morir en la cruz del sacrificio, sin detener el martillo que te clavó en el madero. Bajo tus trabajaderas, la esencia de tu sabiduría y el cáliz de tu mensaje. Tras el faldón, todos hijos tuyos, iguales a los ojos de Dios.

No importan costeros ni zancos, sólo sentir tu presencia en el cuello, y que el sudor sirva de plegaria para purificar las conciencias y sosegar la desesperación. Avanzas con el andar poderoso de tu cuadrilla de cirineos, en esa urna de ausencia que es altar, retablo y trono del Rey del Cielo y condena para el Desconsuelo de María, la Virgen Madre a la que arrancaron el corazón, que riega con sus lágrimas de amargura al gentío que te observa apesadumbrado, aturdido y al mismo tiempo extasiado. Se dirigen al sepulcro de piedra, de dolor y sufrimiento, para depositar tu cuerpo en la esperanza de que la profecía se haga realidad.

Yo quiero quedarme contigo y no renunciar a tu orilla nunca más. Porque si me arropo con tu manto, la plenitud me envuelve… pregonaré a los cuatro vientos que el Señor es mi Pastor, y con Él nada me falta…


En una cueva que es ara
han sepultado tu cuerpo.

Me acongoja el sentimiento,
sometido al sufrimiento,
masacrada mi esperanza,
no hay consuelo en el desierto
ni lugar para alabanzas.

Camelado por el tiempo
que agota al resentimiento
que tu enseñanza avasalla...
podrán quitarnos tu Cuerpo
pero queda tu Palabra.

Es un tesoro tu herencia
que alimenta mis creencias
y del Sepulcro rescata
el sendero a tu presencia,
que la angustia me arrebata.


Guillermo Rodríguez







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