
Terminó el martirio chino para aquellos pocos y extraños ciudadanos de este país a los que el fútbol les aburre soberanamente. Los fines de semana las noticias por fin hablarán de otras cosa que no sean, como decía mi abuelo Enrique, veintidós tíos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota. Sí, ya se que no nos libraremos de los típicos culebrones del verano (Casillas, De Gea, Piqué, Kevin Roldán… la cremita que le dan a Cristiano Ronaldo…), pero les confieso que esa es la única parte de todo este mundillo que todavía despierta mi curiosidad, la parafernalia que se mueve alrededor del deporte rey, fichajes, rumores, supuestas noticias, periodismo de bufanda… eso al menos me divierte y entretiene, ¿lo captan? divierte y entretiene. Lo del fútbol es otra cosa, probablemente porque soy uno de esos elegidos por los dioses que ni es del Madrid ni del Barcelona, afortunadamente, y que puede decir a boca llena que ambos equipos se la trae al pairo y entiendo que la competición está absolutamente adulterada por la aplastante diferencia de dinero que, procedente de los derechos de televisión, reciben estos dos gigantes en relación a los demás. Hubo un día en que el fútbol me gustaba. Ya no, descubrí que es imposible luchar contra dos equipos que reciben por decreto lo suficiente como para que sean inalcanzables salvo milagro. Ese día decidí que mientras el reparto de los derechos de televisión no fuera justo, mi interés por el fútbol quedaba reducido a la nada.
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