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martes, 16 de febrero de 2016

El Cirineo: Una historia de amor


Aquella tarde me acerqué a buscar su mirada. No fue premeditado. Hacía mucho que no compartíamos un instante de intimidad y mi espíritu marchitado precisaba del calor eternamente reconfortante que siempre aguarda en su infinito regazo. Dirigí mis pasos inconscientemente con el único rumbo que conduce a la Tierra Prometida que me enseñaron mis mayores, aquel Edén en el que aprendí a pronunciar su nombre mucho antes de que los avatares de la lucha cotidiana condicionasen mi existencia hacia la ausencia de su luz.

Cuando doblé la esquina, en el horizonte inmediato, divisé su hogar, el mismo en que mis sueños compartieron décadas de utopía y juventud, el mismo en que comencé a ser consciente de que las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen, el mismo en cuya orilla empecé a perder la inocencia que jamás regresa cuando el azul se convierte en gris y la esperanza en decepción.

Lentamente ascendí las escaleras que conducen a su presencia, recuperando por un instante el nerviosismo infantil de quien regresa al paraíso después de una larga odisea, atravesando el cancel de su cercanía para precipitarme en una indescriptible mezcolanza de sensaciones que imaginaba dormidas o perdidas para siempre. La fantasía de creer que todo permanecía como antaño confundió mi percepción, y por unos segundos cerré los ojos para escuchar aquellos versos que tantas veces retumbaron entre aquellas cuatro paredes, que vieron la luz por ella y para ella y que perdieron su sentido lejos de sus mejillas.

Entonces la vi, maravillosa como siempre, imperturbable al paso del tiempo, radiante y juvenil como habitaba entre mis recuerdos, eterna y pura, preciosa y sublime, como únicamente pueden ser las cosas del mismísimo Cielo. Cruzamos nuestras miradas, en silencio, no fue necesaria palabra alguna. Mis pupilas se inundaron de las suyas y fue suficiente para que cualquier atisbo de reproche se derrumbase instantáneamente… ¿quién era yo para exigir justicia a quien ha sufrido el dolor más grande de cuantos puede experimentar un ser humano?, ¿quién era yo para demandar explicaciones cuando mi corazón estaba repleto de deudas inconfesables?, ¿cómo podría ni tan siquiera atreverme a reclamar lo que decidí abandonar por desidia y cobardía?...

Bastó el esbozo de una sonrisa para que mi temor irracional comprendiese que solamente el amor verdadero es capaz es perdonar el abandono, la soberbia y el egoísmo, para que mi miserable resentimiento claudicase ante su ternura infinita y para que el daño causado se diluyese en un instante indescriptible en el que mis entrañas recuperaron la fe verdadera que imaginaba muerta y sepultada por el rencor y el destierro.

Alargué mi mano para rozar sus dedos como ocurría hace mil años, cuando mi adolescencia habitaba sus orillas y mis promesas siempre la tenían como propietaria mucho antes de que la realidad y su miseria adormecieran mi anhelo de justicia y revolución. Y entonces, en mi infinita insignificancia, caí en la cuenta de que todo este tiempo de carencia inmisericorde y de arrogancia fingida, no había sido más que una travesía por un desierto inhumano, inútil y despreciable, porque todo carece de sentido si no respiro en su ribera.

Reconfortado en el altar de su esencia, giré mis pasos casi sin despedirme, para regresar por el umbral de mi cotidianidad en la creencia de que transcurrirían muchas lunas hasta que ese mágico encuentro pudiera volverse a repetir pero al mismo tiempo en el convencimiento profundo de que nunca más la lejanía se tornaría en ausencia y que la distancia no sería desde entonces más que un espacio físico que se difumina cuando el amor verdadero nos inunda con su fragancia.

Ahora, entre lágrimas, cada noche rememoro el altar de mi cabecera, aquél en el que descansaban mis oraciones una fracción de segundo antes de abandonarme en los brazos de Morfeo, para aferrarme a su ancla de libertad y esperanza y para rogar con todas mis rejuvenecidas fuerzas que mi espíritu no ose volver a separarse jamás de la orilla de su majestad, y que mis sueños me acurruquen cada madrugada, eternamente, en un pequeño y humilde rinconcito junto a su bendita luz capuchina… 


Guillermo Rodríguez











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