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lunes, 15 de diciembre de 2014

El cáliz de Claudio: Blas Jesús Muñoz, Alcalde de Córdoba


Ya está el niñato provocando. Eso estará pensando, querido lector, pero no es provocación ¿O sí lo es? Es un deseo, una sonrisa en posición vertical para cantarle a esta ciudad indígena que ya está bien. Miren el espectro político. Un alcalde que parece más producto de una campaña de marketing o de photoshop, que lo que debe ser un alcalde (y no estoy pidiendo a un anarquista sublime como el que tuvo Cádiz en Fermín Salvochea). Con unos concejales que viven más del traje que de sus obras. Con unos datos en cuatro años que causan el mismo espanto que los que les legaron sus predecesores porque, a fin de cuentas, son lo mismo pero más arreglados o más rancios, si me permiten. Con un prohombre que ama tanto las cofradías que parece confundirlas con el cortijo que quisiera gobernar y, bien que le gustaría hacerlo también en el palacio de la calle Torrijos.

Miren al líder de la oposición, inmerso en causas judiciales. Con un vocabulario y unas formas que convierten al difunto Jesús Gil en el mismísimo Vargas Llosa (este último se fue de su país, enfadado por no haber sido elegido presidente). 

Miren al representante de la izquierda que se va hundiendo en sus soflamas. Un personaje sin carisma. Con el mismo discurso, pero bastante más torpe, que se oía -porque no se escuchaba- hace 20 años. Intentando rebañar votos de Podemos como quien apura un plato de cocido porque ha llegado tarde a casa y le han dejado las sobras. Mientras ignora el pacto con el PSOE en Sevilla, un pacto traidor y lastimero que solo parece buscar una migaja de poder, asociándose con un partido que, en el histórico, no ha hecho sino humillarlos. Pero, qué más da, dame pan y dime tonto que la gente es más tonta y al final me votarán.

Con el PSOE y el expresidente de la Agrupación pasamos palabra.

Miren como evoluciona la ciudad. Como un enfermo terminal que no puede ser ni sombra de lo que fue porque es un esperpento fantoche en mitad de la nada. Miren a esas asociaciones a las que parece preocuparles más la laicidad de las cofradías que el verdadero problema, que no tenemos futuro ¡Qué no existe! ¡Qué no lo hay! Y hay quien hasta se permite el lujazo de soltar términos de nacional-catolicismo como si, de verdad, supieran lo que eso supuso y supone. 

Miren esos medios de comunicación viciados. Servidores del poder establecido. De la casta o de su casta ideológica. Con periodistas que temen a su amo con la pluma siempre presta para acariciarles el lomo. Ya sea un alcalde, concejal, presidente o hermano mayor, se abrazan al oficialismo como los verdaderos soldados de Hugo. Y no olviden que, si atacan a alguien, es porque tienen el interés depositado en otro. Esto es la Biblia, si no pregunten en cierta cofradía del Miércoles donde hubo un tiempo que para un periodista fue la génesis de una hermandad sin rumbo ni sentido en la Semana Santa y, con la venida del líder carismático, todo cambió. La memoria es mala, ¿verdad? La hemeroteca es fría y no distingue.

Miren a esos dirigentes cofrades llenitos de caspa como si asemejaran a los apóstoles de antaño que se medían por encima del pueblo. Y, lo peor, es que ni siquiera son aristócratas para creerse élite. Miren como se ponen en la foto locos por convertirse en los políticos que les gustaría ser, envueltos en la bandera de España, ésa que es tan suya y tan poco de los demás, como si ésos fuesen de Sebastopol. Miren como pierden sus papeles en público y cargan con su verdadera tendencia (¿autoritaria? ¿facciosa? ¿totalitaria?), contra todo aquel osa cuestionar su establishment paleto, cateto, provinciano, caduco y representativo de todo el valor que un verdadero cristiano debe atesorar.

Miren, miren, miren... Si piensan que éste es un lugar donde albergar una sola esperanza disfruten del espectáculo. Si comparten en algo lo que les digo vótenme. Pongan mi nombre en la papeleta o el suyo propio o el de un vecino o un amigo. Rebélense contra todo, desobedezcan y sientan por un instante como les sopla la libertad en la cara.

Blas Jesús Muñoz


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