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miércoles, 12 de febrero de 2014

La Voz de la Inexperiencia: Queridos Lectores


Os escribo para explicar a todos, creyentes, agnósticos y ateos, cofrades, semana santeros y a los que disfrutan de vacaciones de primavera, cómo yo, que publico artículos describiendo las emociones que me produce la fe desde mi prisma católico, también tuve una crisis de creencias.

Tendría unos trece años cuando decidí dejar de salir de nazarena, aquel año mi hermandad se quedó en casa debido a la lluvia y recuerdo que tras meter la túnica en la bolsa, corrí a encerrarme en el coche y llorar hasta quedarme dormida. Apretaba los puños, fruncía el ceño y cerraba los ojos, quería pensar que aquello no estaba pasando. 

Solamente quería retroceder en el tiempo, cuando entregué mi papeleta de sitio, cuando me recogí el pelo en una coleta y apreté mi cíngulo. Justo antes de esa eterna media hora, antes de rezar tras anunciar que ese año la lluvia no cesaría, ese año la estación de penitencia sería en casa. 

Por entonces, mi escasa –casi inexistente- experiencia no me dejó dilucidar que aunque distinta, allí también se podría hacer la estación de penitencia. 


No sabría deciros si sentía más pena o más rabia aquel día, egoísmo infantil, yo quería salir, es que yo… Yo era una niña. 

Al año siguiente no fui a retirar mi túnica, ese año no tenía papeleta de sitio, ese año creía que me iba a dar igual verlo que no… ¡Qué ilusa! Yo era una niña.

Mi madre y yo acompañamos, como todos los años, a mi hermano y mi padre, ambos perennes en la cofradía. Tras desearle una buena estación de penitencia, nos situamos debajo del arco. Ver el giro impresiona, aunque no te guste, aunque no creas, no hay excusa, impresiona.

Comenzaron a pasar nazarenos y esclavinas, hasta ese año yo era uno de ellos, llega el cortejo de acólitos y yo no me alarmaba. Seguía tranquila. 

Pero lo vi, con sus manos abiertas, con todo lo que sugieren esas benditas manos. Y no sé en qué momento, se me nubló la vista. Ese año también llovía en la Calle Feria, pequeños surcos que dejaban las lágrimas su paso, mis ojos eran el reflejo de la pureza de la fe. Me abracé a mi madre, en ella encontré todas las respuestas. Busqué la mirada de mi padre que iba superándose un año más y emprendiendo con paso firma el camino junto a Él. 

Por un segundo sentí tenerlo todo, y creí. Creí sin más, sin explicación, pero con motivo. Cómo era posible que aquel del que había desistido, me estuviese llamando a gritos desesperados. 

«Padre, estoy aquí. ¿No me oyes? ¡Qué digo! Tú siempre me escuchas, me das respuesta, aunque yo intente acallarla»

Y fue así, cuando vi enfilar mi hermandad cuesta arriba, cuando la calle agradecía su paso por ella, esa calle que sin manos, aplaude y sin ojos, llora, conocí la fe en su sentido más puro. 

Puro como el primer llanto de un bebé, puro como el primer amor o el primer cumpleaños. Puro como un abrazo desinteresado, como una mirada que empeña tus ojos, como la mano que pasea orgullosa contigo.

Por la pureza que me suscitó y la grandeza que sentí, este año, Señor, iré de nuevo junto a ti. 


María Giraldo Cecilia















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