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miércoles, 30 de julio de 2014

Ocho años de la restauración que dulcificó al Gran Poder


El viernes 28 de julio del año 2006 de celebraba en la basílica del Gran Poder de la Plaza de San Lorenzo un besamanos. Aquel acto tan inusual en aquellas fechas tenía una explicación: acababa de finalizar ardua tarea de restauración que durante tres semanas realizaron a la imagen del Señor los hermanos Cruz Solís e Isabel Pozas. Tres semanas en las que Sevilla se quedó sin el rostro del Gran Poder.


Era un acto de valentía. Someter a una de las imágenes con más devoción de la ciudad a un proceso de restauración que modificaría su aspecto era una decisión dura, digna de muchas noches sin dormir, pero necesaria: el aspecto que presentaba la imagen del Señor hacía patente que era más que necesaria su restauración. Y es que el paso del tiempo, el humo de las velas y el contacto directo con los devotos estaban afectando a la imagen de Juan de Mesa.

Enrique Esquivias y su Junta de Gobierno decidieron poner en manos de los Cruz Solís e Isabel Pozas este trabajo. Ellos ya venían de restaurar, por ejemplo el Cristo de la Expiración del Cachorro. Además ya conocían al Nazareno: en los ochenta practicaron una intensa restauración que corrigió las deficiencias que produjo la que le hizo Peláez del Espino. Desde entonces se convirtieron en los médicos del Señor. Pero en aquella fecha se restauró el cuerpo, se consolidó la estructura interna de la imagen. Sin embargo la cara, las manos y los pies, ennegrecidos por el paso del tiempo quedaron intactos. Nadie se atrevía a intervenir en la parte visible y más sensible en la devoción de los sevillanos aunque ésta fuera necesaria.

Basta comparar las fotos del antes y el después de la restauración para, sin necesidad de ser un erudito en la materia, comprender cuánto de necesaria era. Y es que el velo de oscuridad estaba apagando el rostro dolorido del Nazareno. La frontera entre la barba y el resto de la cara quedaba difusa, por ejemplo, quedaba difusa. La suciedad estaba cambiando al Gran Poder. Y eso se comprobaba cuando finalizaba la restauración. Y fue en julio del año 2006.

La tarea se llevaría a cabo en las propias dependencias de la corporación de la madrugada. El Señor, por tanto, no saldría de su basílica. De hecho se hizo una especie de traslado solemne con una iglesia abarrotada que lo llevó desde el altar mayor hasta las dependencias donde sería restaurado. Allí, y durante tres semanas fue intervenido por los hermanos Cruz Solís e Isabel Pozas, que se encontraban con el Señor décadas después, y esta vez sí, tocarían su rostro, sus manos y sus pies.

El Señor apareció tres semanas después con un rostro diferente. El color negro dejó paso a una policromía más sufriente y desgarradora, aunque desveló una inédita dulzura en el rostro del Nazareno. Se le sustituyeron las espinas de metal por otras de madera, y aparecieron gotas de sangre que antes estaban ocultas tras la suciedad. Hasta un milímetro de grosor llegaba a tener la capa de suciedad en algunas zonas del rostro. Se reintegró además la policromía en las partes en las que se había perdido.

El Señor volvía al culto el día 28 de julio de 2006, viernes, como no podía ser de otra manera. Para aquel día, el Gran Poder recuperaba el aspecto que le habían robado los siglos. Sin embargo éstos volverán a pasar por él, como pasa la devoción de los sevillanos en sus besos en el talón diarios, o los que dejan en sus manos en las jornadas previas a la Madrugá.


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