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viernes, 29 de mayo de 2015

Enfoque: La feria de nuestras miserias


Guillermo Rodriguez. No hay más que pasearse por las redes sociales durante esta semana de fiesta en la ciudad de San Rafael para extraer conclusiones dramáticas sobre nuestra realidad actual, de esas que tanto molestan a los cordobitas cuando alguien las menciona y que son motivo más que suficiente para que te acusen de atacar tus cosas o peor aún, de gustarte Sevilla que es el peor insulto que a juicio de algunos, se puede recibir en esta bendita ciudad.

La ciudad se nos muere irremisiblemente. El enfermo se nos va de las manos y nadie parece querer o saber hacer nada para evitarlo. Nuestros conciudadanos continúan viviendo de espaldas a la realidad que sólo parece doler a la reducida masa crítica que aún permanece con un hálito de vida en estas calles que abandonaron cualquier atisbo de reacción hace décadas y que se encaminan al abismo de la desolación a caballo de su miserable autocomplacencia paleta, orgullosa de romerías despojadas de cualquier reminiscencia religiosa con sonidos castellanos, sabor a perol pasado y vino malo, que ni eso hemos podido conservar del árbol marchito de nuestras tradiciones, de unas cruces condenadas a su autodestrucción por acción de unos y omisión de otros, unas peñas que reducen su oferta cultural (salvo honrosas excepciones) a campeonatos de "dómino" y una feria que agoniza cada año por culpa de un modelo caduco que fascina a los mismos que abominan de cualquier cosa que no haya surgido de la paleta de un Julio Romero que a buen seguro hubiese huido de nuestras calles si fuese coetáneo de nuestra actual idiosincrasia.

Las fiestas de Córdoba son el reflejo de la ciudad que tenemos y esta de sus ciudadanos, ese es nuestro auténtico drama, porque Córdoba tiene una feria muerta, con cada vez menos trajes de flamenca y menos caballos, donde las casetas tradicionales brillan por su ausencia y están condenadas a su desaparición, donde el botellón es una evidencia que solamente un ciego sería capaz de negar, con una feria taurina que se encamina irremisiblemente a su inexistencia por la incapacidad manifiesta de sus responsables de detectar que es necesario sacarla de la última semana de Mayo para que exista una pequeña esperanza de supervivencia, y mientras tanto, el cordobita medio, o al menos el que aún no la ha abandonado para siempre, continua orgulloso de este modelo absurdo que ha convertido las 150 casetas del primer año del Arenal en menos de 100 y en caída libre, porque lo importante es tener una feria en la que cualquiera pueda entrar en cualquier caseta evitando la privacidad a toda costa, sin importar que cada vez haya menos gente que quiera entrar en ninguna.

Y ante toda esta secuencia de evidencias, las redes sociales se preñan de mensajes en las que cordobitas rancios, inmersos en su infinito complejo de inferioridad, destacan la hermosura de su feria (me niego a llamarla mía), pretendiendo menospreciar a las de las ciudades de nuestro entorno, Sevilla, Granada o Málaga, y lo que es peor, sin conseguirlo. Sólo los que se consideran inferiores pregonan sus virtudes atacando las de los demás y tapan sus defectos destacando los de otros. La ciudad que yo quiero es una ciudad con una voluntad crítica suficiente como para reconocer los errores para encontrar soluciones y crecer y para alcanzar la grandeza que Córdoba merece. Tal vez por eso, cuando llega Mayo cada vez me siento más como un marciano…



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