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sábado, 16 de noviembre de 2013

Rocío: Pentecostés mariano del cristiano y de la Iglesia. Un artículo de 1984

El 10 de junio del año 1984, en el ABC, aparece un artículo de Adolfo José Petit Caro titulado “Rocío: Pentecostés mariano del cristiano y de la Iglesia”, que hoy traemos hasta nuestro pequeño rincón de la marisma de sentimientos.


Gente de Paz


Llega el día de Pentecostés. Flores rojas que huelen a fuego y amor divino. Fiesta del Espíritu Santo, de la renovación espiritual, del empuje apostólico. 

En esta tierra de nuestra baja Andalucía es, además, la fiesta exultante de la Blanca Paloma, la que anida en María y la hace Madre de Dios y de la Iglesia, Reina de cielos y tierra. Es el Rocío de Dios, que llueve la salvación para un pueblo sediento de luz y de bien. “Fuerza de lo alto” que convoca y reúne a tantos hijos de Dios, hermanos, dispersos como en Babel por la confusión de la soberbia humana. 

Cuando Cristo Resucitado se apareció a los Apóstoles aquel primer día, la tarde de Resurrección, ”sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20,22). Comenta el Papa: ”Ya entonces se inició Pentecostés, aquel Pentecostés que, cincuenta días después, habría legado a su plena manifestación, y esto fue necesario para que pudiera madurar en ellos y revelarse hacia fuera lo que habían recibido cuando oyeron: “Recibid el Espíritu Santo...”, a fin de que pudiera nacer la Iglesia” (Juan Pablo II, Homilía 7-VI-1981). 

El Espíritu Santo prolonga la obra de Cristo Redentor. Regenera y santifica a cada cristiano, haciéndole progresar en el conocimiento de la Verdad y convirtiéndolo en testigo. Y da origen al nacimiento público del nuevo Pueblo de salvación, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, edificio espiritual, Familia de Dios. 

La fiesta de Pentecostés tiene siempre esa doble dimensión, individual y social. Porque el Espíritu Santo –Huésped, Maestro y Santificador de cada alma- es, a la vez, “alma” de la Iglesia, la fuerza divina de vida y fecundidad, el ímpetu que hace avanzar y crecer con diversidad de dones para común utilidad (cfr. 1 Cor. 12, 4-7). 

La fiesta del espíritu Santo es fiesta netamente mariana. Porque el puesto singular de María en el misterio de Cristo (Madre del Verbo Encarnado y Redentor) y en el misterio de la Iglesia (Madre espiritual, Corredentora, Medianera de las gracias) es obra del Espíritu Santo. De María y del Espíritu Santo se encarnó y nació Cristo, y sigue naciendo en cada cristiano. De María y del Espíritu Santo nació la Iglesia en el Cenáculo de Pentecostés, y con Ella como Madre sigue siendo instrumento eficaz de salvación en el mundo. 

Desde el Santuario del Rocío, la Virgen del Espíritu Santo, la Blanca Paloma, sigue alumbrando multitud de hijos de Dios. A pesar de los defectos y fallos innegables, ¡cuántas conversiones en el Rocío!, ¡cuánto acercamiento a Dios por María! La Virgen del Rocío convoca y reúne muchedumbres, pueblo de hombres pecadores y creyentes, Pueblo de Dios que salva. El Rocío –camino, Santuario del encuentro, hermandad enmarca- tiene profundo sabor a Pueblo de Dios. 

Desde el Santuario del Rocío, donde están hoy millones de corazones católicos, saboreando la inmensa alegría de que Cristo y la Iglesia son para la muchedumbre. El Espíritu Santo, contando con nuestra pequeñez, lleva adelante la salvación universal. 

Y en el Rocío, como en cualquier lugar del mundo, es el Espíritu Santo el que, como a Santa Isabel en la Visitación, os mueve desde dentro a gritar: ”Bendita Tú entre las mujeres... Bienaventurada Tú que has creído” (Lc. 1, 42). ¡Dios de salve, Pastora, Rocío y Madre! ¡Bendita seas! 


Escrito por Adolfo José Petit Caro para ABC 10 junio 1984
Fotografía Cartel de Fernando Aguado



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