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domingo, 6 de abril de 2014

La Firma Invitada: ¿Empeoramos en Calidad?


Desde que en la segunda mitad del siglo XIX las cofradías incorporaran el acompañamiento musical a sus cortejos procesionales, la evolución de la música procesional ha ido in crescendo de manera desorbitada. El estilo romanticista decimonónico provocó la emanación de adaptaciones de marchas fúnebres que solían tocarse en los cultos de las iglesias e incluso la interpretación de partes de sinfonías, como es el caso de El ocaso de los Dioses , de Wagner, o la marcha fúnebre de Chopin.

El desarrollo y consolidación de lo que conocemos hoy como la industria de las marchas procesionales no se dio hasta principios del siglo pasado, concretamente con la figura de José Font, músico llegado a Sevilla procedente de Barcelona en 1876 para ponerse al frente de la Banda de Música Militar del Regimiento Soria 9. De su saga salieron las marchas más sinfónicas y clásicas que han llegado a nuestros días. Una de ellas, Amarguras (1919), emblema musical de nuestra Semana Grande. Más tarde, en la década de los treinta, sería López Farfán quien incorporó a este formato musical, su estilo más alegre y desenfadado. Las bandas de cornetas y tambores desembarcó en Sevilla de la mano del maestro Alberto Escámez, director de la banda de cornetas y tambores del Cuerpo de Bomberos de Málaga.

Es a partir de los años setenta cuando se da el inicio del boom de las marchas, íntimamente unido a la aparición de las cuadrillas de hermanos costaleros. Comienzan a tener una importancia supina a la hora de valorar las composiciones y el ritmo que estas contenían para el lucimiento de su andar. Se puso de moda ponerse el costal y la faja. Una moda que ha llegado hasta nuestros días que los compositores supieron aprovechar para recuperar a Farfán y dejar en un segundo plano las composiciones fúnebres.

Tanto es así que desde que entramos en el siglo XXI, las marchas se han cuatriplicado hasta encontrarnos, por ejemplo, con 42 nuevas piezas a la hermandad de la Macarena desde el año 2000. Es esta Virgen Sevillana uno de los titulares a los que más se le dedican piezas, las cuales son escuchadas en cualquier rincón de la Semana Santa andaluza, incluida Jerez. Una media de 3,2 por año, tanto para bandas de cornetas y tambores como para bandas de música de palio. Más del 60% de todas las que nuestros oídos escuchan cada año, están compuestas desde el 2000.

“Ha bajado la calidad desde hace unos años hasta hoy. Cualquiera compone”, dicen algunos, quienes aseguran estrenar una o dos al año porque “somos muy críticos, algunas son verdaderas coplas”. Aunque no culpa solo a los creadores, si no que reparte responsabilidades con las hermandades. “En muchos casos son las cofradías las que deciden algunas marchas, al fin y al cabo son las que pagan”. Otros compositores, discrepan alegando que “no se están haciendo las cosas bien. Se compone demasiado en bandas de cornetas y tambores y en las agrupaciones musicales, pero al final el pueblo es soberano”.

Este aumento de fans a las cofradías y a su patrimonio musical ha disparado el número de discos para el bien de los bolsillos de algunos compositores que superan el centenar de composiciones desde hace 30 años. “Se compone por componer. Por sacar discos a la calle”, se queja José Ignacio Trujillo, director musical de la Banda de Cornetas y Tambores Las Cigarreras. “En los años en que algunos tardamos años en hacer un disco, otros hacen cuatro o cinco”.

En unos casos las ganas de innovar y favorecer al movimiento de los pasos, y en otras una ignorancia musical muy osada que roza el intrusismo, según indican algunos afectados, provocan que año tras año que los fieles que acuden a ver a sus imágenes, se vean contaminados acústicamente con sonidos estridentes que tan sólo favorecen al lucimiento y al aplauso fácil. No por más cantidad, se favorece la calidad de un patrimonio musical, que parece estar lejos de para lo que fue introducido. La pelota está ahora en el tejado de las hermandades.











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