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martes, 24 de junio de 2014

La Voz de la Inexperiencia: Actitud Minusválida



Llevo unos días pensando en qué escribir esta semana, y ahora que me siento frente al ordenador, no se me ocurre nada en absoluto. Estoy en blanco, aunque estar en blanco sería estar en calma, y hay demasiada tempestad en mi cabeza.

Es algo extraño, recuerdo demasiadas imágenes, como escenas de milésimas de segundos, imágenes que parecen perfectamente seleccionadas por mi subconsciente. Os explico…

Hace días que ando quejándome sin parar, con la lágrima fácil siempre por las mejillas, con demasiados reclamos y demasiadas exigencias a mí misma. “Ojalá y estuviera ya de vacaciones, total, dicen que lo que estudio no tiene salida. Ojalá y no hubiera empezado esta carrera, quiero unos años de disfrute. Ojalá y no me costara tanto”.

Este negativismo que impera en mí estaba pudiendo conmigo, agotando mi paciencia y –ni que decir tiene- la de los míos.

Esta mañana el vaso ha rebosado, un examen que no ha cumplido las expectativas que yo me había marcado, ha terminado por activar el detonante. Parada en un semáforo, rechistando y agitando la cabeza de lado a lado porque me había pillado en rojo y a pleno sol, me ha dado por mirar más allá de mi nariz. Una mujer, de unos cincuenta años de edad, hacía sonar la barra metálica de una señal, sí, con el bastón del que se sirve para poder orientarse, golpeando una y otra vez el suelo, arrastrando aquella vara que hace como sustituto de sus ojos.

¿De verdad, María, de verdad estabas quejándote? Hay veces que no me creo, quizá sea más cómodo decir “no me creo” en vez de “no me interesa creerme”.

Gracias a Dios he reaccionado, más tarde o más temprano. Es aquí, cuando han abatido mi cabeza montones de personas con las que me he cruzado estos días, personas incapacitadas en las que no me he fijado más de un segundo, personas que ahora me están dando una lección de vida sin saberlo.

Estas personas que se conforman con ejercitar la musculatura de sus brazos, ya que no pueden mover sus piernas; estas personas que no tienen con qué  rellenar una camisa de manga larga; estas personas que se balancean sentadas con la mirada fijada al suelo; estas personas que tiran de unos zapatos pesando menos de 40 kilos; estas personas que sonríen porque no les queda de otra mientras se les cae la baba –acto involuntario sin duda-; estas personas que llevan más peso en un lado de su cuerpo que en otro, que llevan toda su vida cojeando pero sin parar su marcha; estas personas que a todos en alguna situación nos han provocado risas, son las protagonistas de mi artículo hoy.

Gracias simplemente por existir. Porque he aprendido que la vida está para vivir, que las limitaciones van mucho más allá de las capacidades físicas, que una minusvalía pesa menos que un pensamiento negativo, que no somos perfectos.

Y así es, la vida no siempre nos va a ofrecer un coche de alta gama, a veces, tenemos que conformarnos con una silla de ruedas.

La vida no siempre nos va a regalar unos maravillosos ojos con los que admirar el mundo, a veces, tenemos que conformarnos con escuchar las olas del mar romper a nuestros pies.

La vida no siempre nos va a dar una mano en la que poner nuestro anillo de boda, a veces, tenemos que conformarnos con abrazos a medias.

La vida no siempre va a tener para nosotros unos zapatos iguales, a veces, tenemos que conformarnos aunque estén desnivelados.

La vida no siempre nos va a poner la comida en bandeja, a veces, tenemos que querer comer del plato.

La vida no siempre me ha dado buenas noticias, la vida me ha hecho saber que muy cerca de mí tengo a alguien con limitaciones físicas. La vida me ha hecho saber que por más que le cueste tirar de esa pierna, mi padre siempre caminará conmigo, la vida me ha hecho saber que por menos sensibilidad y menos fuerza que tenga en sus extremidades, mi padre siempre me acogerá en sus brazos y combatirá con el más fuerte para que yo deje de ser débil.

Qué cerca te tenía y qué lejos tuve que ir a buscar un ejemplo a seguir. Hoy, sé que mi referente eres tú. La sonrisa que tienes cada día, esos “buenos días, mi vida” que me das. Sí, papá, eres mi meta, eres mi guía.

María Giraldo Cecilia





 



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