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martes, 1 de noviembre de 2016

El Cirineo: Lecciones de periodismo


Reconozco que hace algunos años me molestaban ciertas críticas de determinados personajillos, ya no. Es más, recuerdo perfectamente que una pataleta infantil de uno de ellos, que atiende al nombre de Joaquín y al que a partir de aquello francamente tampoco he prestado nunca demasiada atención, fue la que provocó que un buen día, este que les habla tomase la decisión de que en este pequeño rincón de libertad se informase además de opinar, que era lo que básicamente veníamos haciendo hasta entonces. Resulta que este individuo nos acusó de “robar” textos a terceros, con la misma impunidad cargada de chulesca prepotencia con la que habitualmente se suele expresar este sujeto. Curiosamente de robar a los mismos que ahora otean desde la distancia, muy lejos casi siempre, que leen y releen lo que otros escriben para rehacerlo sin que se note demasiado –no siempre lo logran– y a los que el interfecto se debía como se debe ahora a otros. Es lo que tiene ser el perro ladrador del amo complaciente, que hay que lanzarse a la yugular de todo el que se mueva, vaya a ser que el meneo provoque el ocaso de los dioses, como en este caso ocurrió.

Mentía como cada vez que pone su lengua a trabajar, hablando quiero decir. Lo que en aquella época se hacía en esta casa era reproducir indicando siempre la fuente, como desde siempre hizo El País, por poner algún ejemplo poco dudoso y que probablemente desconozca, y jamás copiando a los demás firmando con nuestro nombre, muy al contrario de lo que hacen en la actualidad aquellos a los que defendía y defiende con todo el descaro y la poca vergüenza –ambos– de quien se cree por encima del bien y del mal o en su defecto de quien piensa que el público, al que consideran gilipollas, no se entera de nada. Se equivocan, como este tipo se equivocó. Puede que aquél no sepa que aquella burda acusación provocó nuestra entrada, como elefante en cacharrería, lo reconozco, en el universo de la información cofrade. O que si lo sepa, en cuyo caso imagino que todavía se estará tirando de una oreja sin alcanzarse a la otra.

La cosa es que desde entonces nos fijamos como objetivo informar, informar más, informar mejor y sobre todo informar más rápido –a veces lo conseguiremos y otras veces no– y además sobre lo que, antes, otros jamás tuvieron el menor interés de informar, por más que se afanen ahora en hablar de lo que jamás les importó, siguiendo la estela que otros marcaron. Hubo un tiempo en el que grandes del periodismo cofrade de esta ciudad escribían de cofradías en medios profesionales. Con alguno de ellos siempre tuve y tengo importantes diferencias de opinión, pero jamás podría poner en duda su capacidad para contar cosas y sobre todo su formación y su conocimiento para hacerlo. Luego llegó la época de la dictadura del silencio selectivo perpetrada por el mismo que continua dando lecciones desde su rancia capilla, viviendo en la ensoñación de que su voz sigue provocando algo para los demás, más allá de la náusea, y la llegada de quienes firman sin escribir. Curiosamente otros escribimos sin firmar, supongo que será cuestión de ego, o dinero.

Hoy el tiempo nos ha dado la razón. Se puede y se debe escribir de cofradías todo el año. Fundamentalmente porque a la gente le interesa. Y es falso de toda falsedad que para ser periodista haya que tener carrera alguna, y a las pruebas me remito. En la actualidad muchos que estudiaron otra cosa, dan auténticas lecciones todos los días a muchos que tienen un título cogiendo polvo en alguna pared de su casa y que carecen del mínimo instinto para saber contar lo que interesa de modo que interese. Un periodista cuenta lo que ocurre y su obligación es que llegue al mayor número de personas posible. Si un individuo aburre a las cabras cada vez que escribe o habla o en su caso escribe maravillosamente bien, pero es incapaz de despertar en el lector la necesidad de leer lo que escribe, podrá ser muchas cosas, pero jamás periodista. Es como un erudito que es incapaz de transmitir su conocimiento. Jamás será un buen profesor.

La Real Academia de la Lengua, define periodismo con dos acepciones. La primera de ellas es “Captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades”. La segunda “Estudios o carrera de periodista”. En ningún momento exige que ambas acepciones deban ir acompañadas entre sí. De tal modo que, le duela a quien le duela, lo que Gente de Paz hace es periodismo. Podrá gustar más o menos el estilo, pero con 63.000 visitas entre el pasado domingo y el lunes y más de 600.000 en el último mes, ya les digo yo que mal, precisamente, no nos va, gracias a Dios y nuestros queridos lectores. Si algunos quieren seguir hablando de intrusismo o menospreciando el trabajo que hacemos porque en la dirección de nuestra web pone blogspot, adelante, sigan haciéndolo, aunque ya les anticipo que para poder hacer esto último les queda un suspiro.

Lo que hacemos gusta a muchos e inevitablemente disgusta también a muchos otros. Y eso me satisface plenamente. Siempre he dicho que lo peor que le puede pasar a alguien que pretende ejercer el periodismo es la indiferencia del público, que es exactamente lo que ocurre con algunos que cuentan cosas por ahí y que al día siguiente “ni el Tato” sabe de lo que han hablado. Pero más allá de reconocer los méritos de unos y otros, la realidad es que hemos logrado que la información cofrade en Córdoba, no se circunscriba a la Cuaresma y eso lo hemos logrado unos cuantos que hemos trabajado desinteresadamente por lograrlo, y no sólo en Gente de Paz. Luego, algunos “profesionales” han copiado los métodos intentando hacer creer que eran de cosecha propia, pero no cuela, como les decía la gente no es idiota. Soy consciente de que quienes un día decidieron considerarnos el enemigo, simplemente por ciertas críticas a cierta junta de gobierno, por no gustarles nuestro estilo o tal vez por hacerle sombra a determinados amigos, jamás reconocerán en nuestro trabajo mérito alguno, aunque francamente, hay cosas que, a estas alturas, me importan un bledo. Ni la censura de quienes odian que se les diga a la cara lo que se opina de su gestión ni determinadas campañas de difamación han podido ni podrán terminar con la fuerza de nuestra verdad.

Es la suerte infinita que tenemos los que no nos debemos a un mecenas ni necesitamos vociferar para hacernos notar. Hace unos meses ya, qué rápido pasa el tiempo, decidimos dar un giro de tuerca a nuestro estilo y las cifras nos están dando la razón con 20.000 visitas de media en el último mes, unos números que jamás soñamos aquel día en que un ladrido lejano nos empujó metafóricamente a emprender este camino, aunque a algunos profesionales les puedan parecer pocas. Un estilo en el que la objetividad en la información jamás pueda verse adulterada por las filias y fobias de la persona que firma –no está de más reconocer públicamente haber sido pecadores– y en el que se cuente lo que interesa al lector, no a unos objetivos más o menos confesables. Y a seguir opinando, aquí sí con toda la subjetividad del mundo y al mismo tiempo con el respeto debido. Como muchas veces me he preguntado en voz alta, no sé hasta dónde ni hasta cuándo sobrevivirá nuestra locura. Lo que si les puedo asegurar es que, a día de hoy, gozamos de muy buena salud para satisfacción de muchos y desesperación de otros y que se avecinan importantes novedades; y con toda la fuerza del mundo para seguir navegando en este mar proceloso mientras el cuerpo aguante, la vela resista y quienes nos leen cada día sigan estando ahí. Gracias a todos.

Guillermo Rodríguez
Director de Gente de Paz





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