El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad lo que Él os decía cuando aún estaba en Galilea: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día". Y las mujeres recordaron sus palabras. Lc 24 1-8
Lentamente se disipa la tormenta y la oscuridad de la noche del Sábado Santo va buscando la lejanía del horizonte, transformándose en madrugada de estrellas y luna. La quietud de la nada comienza paulatinamente a preñarse de los primeros trinos del alba y en la línea que delimita el levante y el abismo centellean los rayos de sol que pugnan por hacerse un hueco en la infinitud del firmamento.
Repentinamente, en una metamorfosis de magia celestial, la realidad se transforma para ser consciente de que el drama, la tragedia, ha tenido un sentido cósmico, probablemente inabarcable para la comprensión humana, pero del que se deriva la esencia misma del cristianismo.











