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domingo, 1 de junio de 2014

Así fue la Coronación Canónica de la Macarena


La espera llegaba a su fin. El sueño y trabajo de más de un año. O de cincuenta y uno, según se mire. La corona de oro de la Macarena, regalo de su pueblo a comienzos de siglo, distinguiría ahora, en 1964, su universal devoción, en un acto que la lluvia obligó a improvisar.

Todo estaba en su sitio. En su modo. La Resolana, abarrotada. A su espalda, la plaza de San Gil era un reguero de hermanos accediendo al templo desde la hora fijada, las cinco y media de la tarde.

En la basílica un paso, estrenando bambalinas. Un manto, el de tisú, «sueño de Rodríguez Ojeda», perfectamente dispuesto y ejerciendo particular contraste con una blanca azucena, nacida del mimo de las Hermanas de la Cruz y colocada, convenientemente, en la mano derecha de la dolorosa, que ese 27 de mayo había dejado atrás el pañuelo. La pena.


Los minutos avanzaban al complejo unísono de la afinación de hasta tres bandas, la del Escuadrón de la Policía Armada, la de la Centuria y la de la División Guzmán el Bueno, que el cofrade recordará mejor como Soria 9, y que ese día, y otros tantos, darían sonidos de Esperanza. La impaciencia dio paso a la realidad de unas puertas que se abrieron a las siete y media, permitiendo la inusual visión de la Macarena con diadema, la que había realizado ex profeso Fernando Marmolejo Camargo.

Feria, Doctor Letamendi, Plaza de Europa, Amor de Dios… Callejero de Sevilla y aquel día museo castizo ambulante. Con colgaduras, cortinas de encaje, mantones y demás elementos, los vecinos quisieron engalanar el itinerario de un palio que dejó el atrio macareno con una saeta improvisada, pero con la fuerza y sentimiento propios de la voz que la ejecutó: Rocío Jurado. Así lo recoge «Esperanza Macarena. Historia. Arte. Hermandad».

Buscando la Catedral, la Macarena avanzó por una Sevilla donde se dejaba notar la inminencia del Corpus Christi, que se celebraba al día siguiente. Para entonces, la imagen ya se encontraba sobre su altar efímero, junto a la puerta de la Concepción, la que da al Patio de los Naranjos. La Virgen del Rosario, titular de la Hermandad, también se encontraba presente. Era su celeste manto el que cubría a la Macarena. Igual que en este 2014, cuatro esmeraldas en la izquierda, y solo una en la derecha. Igual que en 1964, Pepe Garduño.

Daba así comienzo un triduo que se extendería hasta el día 30, y en el que estuvieron presentes las hermandades del Gran Poder y Los Estudiantes, en sus estandartes corporativos. No faltó el mensaje pastoral, centrado en la caridad y la esperanza, ni el sevillano baile de los seises, ni la masiva presencia de devotos, que completaban la amplia nave central. Tampoco faltaron las ofrendas florales, ni las alabanzas a la Virgen, ni la concesión de nuevos honores a la Macarena. Concretamente el de la Capitanía General de los Ejércitos españoles.


La inoportuna lluvia

Precisamente al Palacio de Capitanía se había llevado la presea, para que fuera custodiada hasta su hipotética imposición en la Plaza de España. En el regionalista monumento ya se había dispuesto una amplia sillería, con lugares preeminentes para personalidades del Estado y del Clero. Se habían colgado banderas y escudos heráldicos, y se había colocado un entarimado tapando la fuente, con terciopelo granate.

Ese hubiera sido el altar, si la lluvia, presente durante la noche, no hubiese sido la protagonista forzosa a las seis de la mañana, hora en que el Cabildo de Oficiales decidió que el acto tendría lugar dentro de la Catedral. Hubo que esperar a las siete y media de la tarde, cuando dio comienzo el Pontifical, para conocer que el traslado al templo se posponía, pues la mejoría meteorológica continuaba ausente.

El repentino cambio de planes, que obligó a suspender, insólitamente, los cultos de la octava del Corpus, se materializó en un recinto acotado en torno al altar del triduo. Delante del mismo se encontraba ahora el palio.

El resto del templo metropolitano se dejó para los cofrades y devotos, que habían poblado el casco antiguo desde primera hora de la mañana en desconcertada ruta. Contaban con verla, acompañarla ya como reina, y deleitarse del conjunto de su nueva saya, de las Hermanas Martín Cruz, y del flamante manto, el realizado por Elena Caro sobre diseño de Marmolejo y que no se había podido contemplar con anterioridad, porque aún no estaba finalizado. De hecho, en cuanto pasó el traslado se devolvió al taller para los últimos retoques.

En la Catedral ya no era tiempo de preparativos. A las seis de la tarde se abrieron las puertas para hacer material lo inminente. Por la de Palos desfiló el Jefe de Estado, Francisco Franco, con su mujer y su hija, la Marquesa de Villaverde. Le siguieron numerosos ministros del Gobierno de España, el jefe de la Casa Civil y jefes de la Casa Militar.

Entre los presentes se encontraban Sus Altezas Reales las Infantas Doña Esperanza de Borbón y Doña Ana de Francia y, como no podía ser de otro modo, los padrinos del acto. Por un lado, el alcalde de Sevilla, José Hernández Díaz, y por otro la Congregación de la Cruz.

Las Hermanas estuvieron representadas en Inmaculada Rodríguez Guzmán, joven que se terminaría convirtiendo en la esposa del flamante pregonero del cincuentenario, Joaquín Caro Romero. En el apartado religioso tampoco faltaron los Obispos de Catania, Zaragoza y Cádiz-Huelva, así como el Obispo Auxiliar de Sevilla, que habían pronunciado las diversas homilías durante el triduo. Y por supuesto el Cardenal Bueno Monreal.

La dilatada espera llegaba a su fin. La Virgen, ya sin la diadema, que le habían retirado los históricos priostes Mena y Zamora, recibía la corona de manos de Su Eminencia, acompañado sobre el paso de los padrinos y del Hermano Mayor, Ricardo de Zubiría. Hubo un preciado regalo, la cruz pectoral del Cardenal.

Los sones de «Salve Regina» dieron el plus de solemnidad a un momento que, para terminar de ser perfecto, culminó con el vestidor, Pepe Garduño, subido al paso para supervisar que la presea estuviera bien fijada y el atavío, intacto. Sólo por buscar lo inmaculado, pues la vuelta al templo tendría lugar tres días después.


El populoso regreso

El 3 de junio tardó en llegar. O eso hacía pensar la expectación. A las siete y media de la tarde comenzó a salir, por la puerta de San Miguel, un cortejo plagado de representaciones. Entre ellas la Divina Pastora de Cantillana, la Sacramental de Santa Genoveva, La Misericordia de Cádiz (que había tenido un bonito detalle con la Macarena), y la de San Gil, además de todas las corporaciones de penitencia de Sevilla, en orden de salida.

Eso sí, cerraba La Amargura, la otra dolorosa por entonces coronada canónicamente. Tras ella iba el Ayuntamiento de Morón, que un día antes había nombrado a la Macarena como su Alcaldesa Honoraria.

Según narran las crónicas del diario ABC, la Virgen tardó casi una hora en ponerse en la entonces avenida Queipo de Llano. Andaba con paso corto. Medido. Con el mismo que llegó a una iluminada Plaza Nueva, donde le esperaba la «recepción» municipal.

El alcalde pronunció un sentido discurso que realzaba la relación entre la ciudad y la Virgen, partes indivisibles de un mismo conjunto, y que culminó con la entrega de un ramo de simbólicas rosas blancas. Flores para un profuso exorno, de claveles y gladiolos blancos.

Hubo sentida parada en La Anunciación, su refugio cuando San Gil fue reducida a cenizas. Se detuvo en el Convento de Santa Ángela, entonces Sor. También recaló en San Juan de la Palma, donde incluso entró el palio para visitar a una virgen que «había bajado del altar para recibirla», en el presbiterio, flanqueada por dos filas de hermanos y cirios encendidos. Sonó la salve, y las campanas repicando, y los sones de Font de Anta como despedida.

A las dos de la madrugada se produjo el último saludo. A la Hermandad de Montesión. Pese al momento, las 2 de la madrugada, la calle Feria se presentaba más viva que nunca. Restaban las dos últimas horas. El último tramo del itinerario. Los últimos vítores. Los suspiros finales… En la calle. Aún quedaría un besamanos, ya en la Basílica, una oportunidad más para estar cerca de una Virgen que volvió como se había marchado: reina.














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