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miércoles, 20 de enero de 2016

El cáliz de Claudio: Los hijos de la risa


Les reconozco que uno siempre siente cerca a quien necesita. Tal vez, no a todo el mundo. Concebimos que es utópico. Pero sí a los fundamentales; sean de piel; sean madera sacramentada en la devoción de los millones que lo quisieron antes que yo. Y, sin embargo, en algún brillo fugaz en mitad de la noche, toda la distancia se rompe y lo percibes tan de cerca que la verdad profunda de las cosas cobra sentido. No pidan explicaciones porque no las hay. Y si lo han sentido saben perfectamente de qué les estoy hablando.

Así sucede y la noche cambia en el punto exacto de la madrugada dónde vuelves a apercibirte. Y llega la mañana y te sorprende en duermevela junto a la cama de un hospital, repasando tus mayores temores e inquieréndote por la suerte de ese niño al que no pudiste mantener la mirada, hace unos minutos que ya parecen miles de horas.

El cansancio te va ganando terreno cuando la preocupación comienza a evaporarse. Y, de improviso, dos seres de luz aparecen tras la cortina. Marcos los mira hipnotizado, como los miles de niños que lo antecedieron. Y ellos, con una edad que se aventura avanzada, su nariz por bandera, su sombrero y sus risas te hipnotiza a ti también. Por un momento has regresado a esa patria perdida de la infancia, la misma a la que regreso tan tantas veces con él.

Se marchan y te dejan con su asombro y una sonrisa, cambiando la preocupación por la risa hasta de quien mas derecho tiene en esa sala a estar preocupado. Descubro que no se han presentado, solo han aparecido y han conseguido hacer olvidar, por unos minutos, las preocupaciones de los padres. Y me siento igual que cuando, de la Virgen, sólo me queda verla marchar con la silueta de su manto.

Blas Jesús Muñoz 


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