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martes, 12 de enero de 2016

El Cirineo: La hora de la reivindicación


Pasan las primaveras y a medida que los años inmisericordes van confirmando que la juventud se marchó hace tiempo por el sumidero de la nostalgia, las vivencias experimentadas, a veces sufridas, ponen tristemente de manifiesto que es una falacia la presunta evolución del ser humano y su hipotética conversión en ser racional.

Los hombres (y las mujeres, que no se me enfaden los giliprogres del lenguaje) somos los únicos seres de la creación que nos empecinamos es autodestruirnos y en destrozar nuestras obras y las de quienes nos precedieron, generalmente por envidia, por celos o sencillamente por miedo o estupidez. Cuando se repasa mentalmente, aunque sea de pasada, la historia de la humanidad, es perfectamente posible extraer multitud de ejemplos de esta enojosa y trágica cualidad. Nada importa que la empresa en cuestión haya necesitado años de esfuerzo colectivo, ni que para su consecución se precisaran importantes sacrificios, llegado el momento, todo el proyecto desarrollado será derribado como un castillo de naipes entre el egoísmo y la falta de complicidad de algunos de los implicados en el asunto o el odio pueril aliñado de complejo de inferioridad de quienes heredaron el cortijo para desgracia del interés colectivo.

Sucede en prácticamente todos los órdenes de la conducta cotidiana. Los hombres se empeñan en destrozar el legado que con el sudor de su frente forjaron sus antepasados, reduciendo a la categoría de obsoletos escombros, reales o metafóricos, auténticas maravillas realizadas por genios pretéritos o minimizando la obra global construida sobre los cimientos del sincero desprendimiento y el respeto mutuo, con argumentos en los que brilla la mentira y la podredumbre. Ocurre actualmente en el ámbito de la política nacional, en el que unos advenedizos cuyo único valor en la vida, más allá de un título universitario con un valor reducido a la nada a causa de este inmundo sistema educativo que llevan sufriendo generaciones enteras, con facultades plagadas de borregos que no saben ni leer (no digamos escribir), ha sido vociferar consignas en presuntas tertulias televisivas, arrodillarse ante líderes totalitarios a cambio de un mendrugo de pan (de oro) y organizar impresentables hostigamientos a quienes piensan diferente (escraches les autodenominan, que hasta a la hora de catalogar sus propios actos han alcanzado el nivel de gilipollez perfecta inventando palabros que acaba aceptando el común de los mortales), mientras se dedican a impartir sectarias y manipuladas lecciones magistrales cuyo hilo conductor fundamental se resume en la premisa de que la transición fue una gran mentira y una oportunidad fallida en lugar de un brillante ejemplo, que asombró al mundo entero, de cómo un pueblo condenado a estar separado en dos para siempre, fue capaz, en virtud de la infinita generosidad de unos líderes (de un lado y de otro) a los que los impresentables que los menosprecian no llegan ni a la altura del betún, de olvidar sus diferencias para lograr el común objetivo de la paz y la convivencia, algo que hace cuarenta años parecía una quimera.

Es común igualmente este deplorable fenómeno en las relaciones sociales, incluso en las sentimentales, en las que sistemáticamente los miembros individuales que constituyen un conjunto se empecinan en autodestruirse y en destruir a quienes les rodean casi desde el preciso instante en el que toman la decisión de convertirse en una unidad. A veces es tan sencillo como respirar en compañía del presunto ser amado o del hipotético amigo, sin necesidad alguna de que se produzca un desarrollo práctico de tácticas de guerra de guerrillas o terrorismo afectivo, para que la mera convivencia se encargue de calificar de insoportable aquello que un día fue divertido y encantador.

Por eso en muchas ocasiones al enemigo le es más que suficiente con dar un poco de cuerda para que los que se encuentran en el otro extremo se ahorquen sin intervención externa. Eso es exactamente lo que deben estar pensando algunos en Capitulares mirando como los cofrades solitos se encargan de destruir el sueño que muchos han fraguado en torno a la Catedral de Córdoba, antigua Basílica de San Vicente, un sueño que las desavenencias, la incapacidad de organización, la ausencia de sacrificio y el egoísmo de unos pocos puede convertir en flor de un día, en el mejor de los casos, o en un absoluto desastre si la generosidad de todos es incapaz de imponerse a la vergonzosa sensación de insolidaridad que destilan algunos impresentables perdonavidas, que llevan jugando a las cofradías toda su vida sin haber aprendido que el pronombre personal de la primera persona del singular es el que menos sentido tiene cuando coexiste en una misma frase con la palabra hermandad.

Las cofradías cordobesas tienen ante sí una oportunidad histórica de sentar las bases de lo debería ser el futuro de la Semana Santa de la ciudad de San Rafael. Y no les hablo únicamente de la presencia de nuestras cofradías en la Catedral la próxima primavera (y cuando digo la Catedral quiero decir la Catedral no el Patio de los Naranjos), o de la lucha por la segunda puerta del mayor templo de la Diócesis, cuya consecución tantos adversarios ha tenido, y no solamente entre las filas del laicismo militante, y que ahora parece cuestión olvidada a resultas de una visceral decisión teórica que ahora tan complicado parece cuadrar en la práctica, sino en una verdadera revolución en el seno del universo cofrade de Córdoba. 

Nuestros dirigentes deben ser capaces de dar un puñetazo encima de la mesa, para demostrar que los cofrades y las cofradías formamos parte de un movimiento social esencial,  indiscutiblemente el más importante de la ciudad, a una distancia inalcanzable por sus presuntos perseguidores que, dicho sea de paso, han vuelto a demostrar hace unos días su incompetencia e inoperancia a la hora de concebir unas simples carrozas para una cabalgata sin que se desmoronen por un aguacero, mientras en ciudades hermanas discurrieron las suyas bajo un chaparrón de proporciones similares al sufrido en la nuestra, sin que nadie tuviese que recurrir a la suspensión alegando destrozos o riesgos eléctricos. Tal vez la diferencia no estuviese en exclusiva en unos dirigentes locales inútiles e ineficaces y que cierto sector social eternamente protegido y subvencionado por propios y extraños haya salido nuevamente indemne de su incapacidad para organizar cualquier evento sin hacer el ridículo.

Y deben reivindicarse en todos los aspectos, el económico también, aunque ello suponga un esfuerzo que a algunos les produzca temblor de piernas. No es de recibo que en una ciudad como la nuestra, con el ingente potencial del que goza el movimiento cofrade, se de la sensación de que si esta panda de sectarios anticlericales que nos desgobierna amenaza con reducir o suprimir la subvención derivada de generar las cifras más importantes del año en la ciudad a nivel turístico y pecuniario, parezca que llega el fin del mundo. 

Hace meses, a raíz de aquella infame reunión de la que derivó un pacto contra todos los que consideran el enemigo, entre quienes ahora gestionan (es un decir) el dinero de nuestros impuestos y los lacayos del tipo de la coleta, dí rienda suelta a mi primaria incontinencia verbal indicando “que se metan la subvención donde les quepa”. Hoy quiero rectificar aquella afirmación tras la repugnante decisión tomada por estos impresentables que dicen representarnos a todos de dejar sin subvención a quienes más lo necesitan por venganza y odio, mientras siguen manteniendo las de ciertos colectivos perroflautas por amiguismo y agradecimiento electoral y dispendios realmente innecesarios en época de necesidad como la carísima macrofiesta de las Tendillas que no genera ni un euro para el beneficio colectivo, las hermandades tienen ante sí una oportunidad histórica para implementar un acuerdo asumido de manera global y unánime que se concrete en destinar íntegramente el importe de esa subvención a las mismas entidades perjudicadas por el inadmisible ataque despiadado de quienes tienen la vara de mando en esta ciudad que protesta mucho y exige muy poco. Puede que a partir de ahí le demos una lección a quienes continúan ejerciendo desde el poder público esa miserable condición humana de destrozar todo aquello que se hereda de los antecesores.


Guillermo Rodríguez












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